En Memoria


Por Ivette Fuentes
Doribal-Enríquez-muerte

El pasado 26 de junio, sin hacer apenas ruido, de modo sutil y amable como fuera su vida, partió hacia la eternidad nuestro amigo Doribal. Y esa partida, hacen más resonantes los versos de John Donne –para muchos conocidos por citarlos el famoso Ernest Hemingway en una de sus novelas-, de que “nadie es una isla, completa en sí misma”, lo que nos hace pensar que somos partes, pequeños fragmentos, del gran cuerpo de Dios, donde nos armamos nuevamente en el diseño perfecto que en vida perdemos, hasta volver a Él. Hojear fotos, revisar viejas cartas, documentos, me hizo regresar en el tiempo, para darme cuenta que no hubo proyecto profesional en el que, ya como amigos, no estuviera junto a Doribal. Creí haberlo conocido cuando trabajaba en la Casa de la Cultura de Plaza, pero luego me di cuenta que fue mucho antes que Lourdes Rensoli me lo había presentado, porque juntos frecuentaban un antiguo taller literario que en La Lonja del Comercio dirigía el Dr. Lamadrid, conocido jurista y letrado, y formador de tantos intelectuales en su adolescencia. Fuimos juntos a celebrar el cumpleaños del amigo, y fue cuando crucé por vez primera mi palabra con él, la que se entrecruzó de tantas ideas que coloreaban nuestro horizonte joven, que quedó para siempre enredada en la urdimbre de una entrañable amistad. Ya para entonces él trabajaba de asesor literario en Regla y quiso trasladarse para el Municipio de Cultura de Plaza. No olvido que en aquella cofradía de mujeres que era el equipo de literatura, capitaneado por la historiadora Maritza Corrales Capestany, quedó como la sola figura masculina, donde su voz era la única que equilibraba un tono de fondo a las más bulliciosas de Ana Llerena, Sara Vega, Daína Chaviano, Alina Haydú y la mía, tan poco dada al silencio. Luego se dispersó el equipo para integrarnos, algunos miembros, a la Casa de la Cultura, en un grupo menor que anudó el lazo más fuertemente, porque ya estuvieron -y para siempre- Manuel Gayol, a la sazón investigador de Casa de las Américas, y Ernesto Montoro, que hicieron grata una etapa que pudo haber sido una catástrofe -profesional- de no haber sido por la impronta de aquella camaradería y complicidad. Por aquellos tiempos comenzaba a dibujarse lo que sería el grupo Vivarium, donde Doribal, algunos años después de su creación, tuvo también un lugar. Durante el primer “éxodo”, y luego el segundo y luego el tercero, Doribal fue para mi la justificación de un seguimiento, de una obra que debía proseguir. No todo se había perdido, no todos habían emigrado; Doribal estaba y fue mi consuelo y el modo de decir que aún me quedaban amigos en Cuba: él estaba allí para ir ajustando las tareas de seis que ahora sólo debíamos hacer dos. Y de esas tareas emanaron nuevas intenciones, por lo que fue organizador, en el año 1999, del Primer Encuentro Cubano-Alemán que hermanó las Diócesis de La Habana y de Eischtaeet, realizado en Cuba, y el Primer Encuentro realizado en la ciudad alemana, en el año 2000. Tuvimos muchos colaboradores en estos largos 27 años de labor, y vimos ir y venir a tantos copartícipes en el convite vivariano, que mi memoria traiciona su conteo, pero ahí siempre quedó él, para ayudarme a derribar muros de concreto, a “desfacer entuertos” y a limpiarme la mirada de briznas de paja innecesarias. Hace pocos años, inició la fértil labor, a la que brindó su enorme experiencia, de crear el Taller Literario “P. Ángel Gaztelu” en el Centro Cultural P. Félix Varela, que no quedaba en compartir criterios, sino en impartir también lecciones de cultura y preceptiva literaria, que tanto agradecieron quienes con él estuvieron.

El padecimiento crónico que desde niño le desfigurara con una cojera producto de la poliomielitis, ya minaba su capacidad de locomoción y así le dificultaba más su llegada al trabajo, a los lugares públicos, a su vida social, la ansiada por la enorme fuerza de su espiritualidad y capacidad intelectual. Nada pudo con el alma libre que labraba un cielo abierto para su poesía, la que pudo leerse y escucharse con el impulso de su ánima más allá de los límites de nuestra isla, cuyo último eco resonó, hace muy pocos meses, en un curso de postgrado en la Universidad de Salamanca.

Cuando en el año 2012, al regalarme una dedicatoria de su poemario Galería innombrable, me escribía “Por tu hermandad a prueba de fuego”, comprendí que la verdadera amistad debe pasar las pruebas elementales para poderse fundir a la tierra que nos sostiene, y que los amigos son esa “cifra” donde los ángeles se asoman en su posible dimensión. Cierta vez escribió que “los ángeles no son sino demonios”, confundido por los rostros que a veces también asoman, bajo crueles hipocresías, la ferocidad humana, la incomprensión y la intolerancia. Invoquemos hoy la gracia de Dios para que los ángeles, los verdaderos, le acompañen en este viaje a la eternidad que su dimensión de poeta siempre supo atisbar. No olvidemos su carrusel, su galería de nombres insondables, su febrero en el sillón, su soledad aún sin verdugos, prendidos a “la escasísima luz que surge en la memoria y que a nadie se le ocurre borrarla. Queremos agradecer las notas de acompañamiento de los amigos que nos dedicaron palabras de consuelo, y que iluminarán su camino. Agradecemos a Rosa Marina, Manuel, Jesús, Emilia, Amanda, Jorge, Juana, Pedro Pablo, Evelio y tantos otros que nos demostraron su afecto “a prueba de fuego”. En especial queremos resaltar las palabras de Erick Hernández Hernández, miembro del Taller P. Angel Gaztelu, del Centro Cultural, quien nos envió el poema “Nave de Cristal” que dedicara a su profesor, y que reproducimos en estas páginas de recordación.

Nave de cristal
A la memoria del profesor Doribal Enriquez

El hombre que hala el barco volante,
Conoció los suburbios de la suerte,
Habitó silencios,
Desencantado de penumbras,
Al tiempo que reían sus ojos de madera.

La nada fue para el hombre,
Frágil a los siglos,
Mientras sempiternos grillos cantaban su noche,
Iba en su rostro un asomo de ponientes,
Y la nave levó anclas contra el céfiro.

El quebrantado oro de la esfera,
Pasa por la primicia de sus manos,
Y lo mustio que endecha los canteros,
Altera la marmórea rigidez
De los que bordan silenciosos cantos
Con el barco de las alas de lo inerte.

Todo gira en torno al hombre,
Citadino de historias,
Visitante de locuras,
Y el velamen pudre sus alas
Contra un viento que no sabe de amores.

Nave de cristal,
Eterno puente,
Epítome de lo vacuo,
Llevada a la semipenumbra de lo ignoto
Por un sabio constelado de esplendores.

Erick Hernández Hernández (28-6-2017)